Málaga y Eibar son dos equipos en obras, acostumbrados a moverse entre tablones con clavos, madera fresca, ladrillos cara vista, cascotes y yeso del que se te pega a la suela. Hay que saber moverse en ese chapapote en el que se convierte cada principio de temporada hasta que se traduce en asfalto en el que poder circular sin demasiados sobresaltos. El Eibar está acostumbrado a construir su casa como si cada año pasara un ciclón; el Málaga también sabe lo que es reinventarse en función del mercado. Obras, muchas obras. Tantas que el espíritu industrial se apoderó del partido y lo metió en una cadena de montaje donde todo pasaba según lo previsto.
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