Hay un momento idílico en los partidos del waterpolo femenino. Sucede cuando las siete mujeres que componen la alineación titular de cada equipo se inclinan sobre el borde de la piscina, recogen agua con las manos, y se la derraman en los muslos con el fin de preparar el cuerpo para el contraste frío del baño. Rusas y españolas recordaron a un grupo de vírgenes vestales haciendo abluciones, antes del partido de cuartos de final que las enfrentó en el estadio acuático de los Juegos de Rio. En el mismo vaso en el que nadó por última vez Michael Phelps, durante un instante este lunes reinó la armonía y la evocación de ritos de purificación arcaicos. La guitarra eléctrica de la megafonía anunció la estrepitosa decadencia. El violento declive hacia la Edad Media y más allá, hacia un futuro pavoroso, precedido de aullidos de aficionados, banderas al viento, y la súbita zambullida de las catorce niñas como catorce bombas de profundidad en un recipiente convertido durante los siguientes 32 minutos en pozo de refriegas mujeriles. Al lector que procure ahorrarse este drama marcado por rasguños y hematomas, se le informará sin dilación que España perdió por 12-10 y que quedó eliminada del torneo.
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