Después de proclamar con fanatismo de supermanes que el entrenamiento del miedo, su control, llevará a la humanidad a su liberación, los teólogos de la religión olímpica contemplaron la mañana del primer lunes de Río cómo su profeta, el arquero coreano perfecto Woojin Kim, solo conseguía cuatro dianas en sus 12 flechazos y caía eliminado en el partido de dieciseisavos. La perfección, definitivamente no existe, concluyeron los sabios, que quizás habían olvidado —tantas cosas ocurren en un día olímpico que los hechos de solo 10 horas antes parecen pasado remoto envuelto en las brumas del recuerdo— al Phelps tremendo de la noche y añadieron —quizás se acordaban perfectamente del mejor nadador de todos los tiempos— un nuevo lema: “El miedo os hará libres”. O la adrenalina, que es lo mismo, el neurotransmisor que acelera el pánico y que le llevó a su 19º oro olímpico.
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