dimanche 21 août 2016

Gente maniática

Qué importantes son los rituales absurdos, casi tontos. Nuestra vida cojearía igual que una silla con una pata más corta que el resto si de repente no pudiésemos agarrarnos a ellos. En ese grito que Carolina Martín lanza después de cada punto ganado, y que suena a puñetazo en la mesa, o a vaso roto a propósito contra la pared, descansa todo su juego. Descansa —está bien dicho— después de una extenuación, y antes de la siguiente. Es un grito histérico, que quita la sed, o que la da, pues en deportes que se interrumpen tras la obtención de un punto, constantemente, hay que hallar en cada breve pausa la determinación para empezar de nuevo. Llega un día en el que el grito se vuelve automático, invisible, y todo el mundo lo escucha menos ella. Para Carolina se vuelve un gesto técnico, susceptible de perfección, y para el resto, información de primera mano. Si por alguna razón no grita, todos sabemos, aunque le demos la espalda al partido, que hay malas noticias.

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