Estamos en un club nocturno de la turística Copacabana, a menos de dos semanas de los Juegos Olímpicos. Las calles de los alrededores arden con la presencia de decenas de mujeres que buscan dinero a cambio de sexo. Pero aquí dentro el aburrimiento reina hasta bien avanzada la noche. En los sofás, con los hombros cansados, pequeños hematomas en las piernas y largas uñas con esmalte fluorescente, seis mujeres de todo Brasil cuentan sus historias. La conversación continuará durante una semana en otro club nocturno, en el centro de Río, en el que trabajan de lunes a viernes, en el piso de lujo donde conviven con otras siete mujeres y en el taxi que las lleva diariamente a trabajar, en los clubes o hasta en la playa.
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