Tres horas, más o menos, el tiempo en el tenis es siempre un aproximado, antes de su debut olímpico en Río, Rafa Nadal saltó a la pista verde oscuro del campo número uno para dar unas bolas. Eran las 10 de la mañana en la ciudad carioca, abrasada por un sol duro que quemaba los cuellos de los pocos espectadores que disfrutaban de los golpes del mallorquín. Junto a él, su tío y entrenador, Toni Nadal; enfrente, dos compañeros del equipo español. Llevaban más o menos 20 minutos peloteando, cortadas, drives, smashes y globos variados y divertidos, y dejadas, cuando, entonces, de repente, una fuerte racha de viento helador que llegaba del sur profundo comenzó a hacer diabluras con los tablados portátiles de mecanotubo, altos y verticales como los de una plaza de toros. Las lonas que escondían las armaduras mecánicas se soltaron de sus cabos y comenzaron a elevarse y a golpear contra la estructura provisional. Un trozo de madera suelto, un buen tablón, cayó sobre la cancha con un ruido violento, que sobresaltó a Nadal, concentrado en sus golpes. El jugador levantó la vista entonces, vio que el viento tomada calidad de tornado y que los voluntarios de las gradas pedían al público que las desalojara, y con un gesto a su tío recogió la bolsa, guardó la raqueta y se largó raudo, con un gesto de preocupación en la mirada.
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