Cuando más de seis minutos después de Tom Dumoulin, el ganador del día, cruzó la meta, ahí estaba aún, pegado a su lado, la mirada imperturbable al frente sin gafas, la cara fresca recién bañada por un chaparrón intenso en la cima de Arcalís, la primera gran llegada en alto del Tour, la última etapa de los Pirineos. A Froome, tan delgado de amarillo, tan nervioso por la calma aparente de su rival, desconcertado, parecía que solo le faltaba preguntarle allí mismo a Nairo lo que decenas de aficionados le quieren preguntar todos los días, y lo habría hecho quizás si no hubiera tenido más prisa por buscar cobijo de la lluvia intensa y el pedrisco, ¿pero qué haces aquí, detrás de mí, todavía? ¿Por qué no me atacas? ¿Por qué te contentas con saltar a mi rueda y allí quedarte agazapado?
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