Wimbledon, selecto y singular como es, prioriza la exquisitez. Los buenos modales recorren de un lado a otro el recinto, ubicado al suroeste de Londres en medio de extensas praderas y viviendas adosadas de lo más coquetas, máximo de dos alturas. El trato es impecable, desde el que dispensan los empleados del torneo (conductores, cocineros, seguridad, mantenimiento…) hasta el del vecindario, que acepta de buen grado la marabunta que se filtra en sus calles durante estas dos semanas. Todo es cordialidad y buenas formas fuera de la pista; sin embargo, otra cosa bien distinta es lo que ha ocurrido en su interior, donde los partidos han dejado más de un borrón.
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