Lo cierto es que no acabo de comprender esta obsesión insana que tenemos hoy en día por la verdad, como tampoco entiendo otros empeños modernos como el bronceado, el blanqueamiento anal, la cocina creativa o la caza de mascotas virtuales. El noble arte de mentir ha sido degradado hasta cotas insospechadas y al admirado trolero de antaño, aquel pillo ensalzado por nuestra literatura y que nos definía como país, se le estigmatiza ahora como si sus embustes resultasen contraproducentes para la sociedad, como si sus hermosas y bien trenzadas estafas careciesen de valor y fuese cierta la teoría de que la verdad nos hará libres. ¡De ninguna manera!
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