Hasta el sábado yo era el autor del penalti más ridículo de la historia. Es una historia ya sabida que conté en Diario de Pontevedra, y desde entonces se han hecho artículos, reportajes y tesinas; en su momento una investigadora de Arkansas reclamó mi testimonio y una televisión uruguaya se plantó frente a mi casa para entrevistarme para pasmo de mi madre, que salía corriendo del portal con unas gafas de sol enormes gritando “¡taxi, taxi!”, como si fuese Bárbara Rey.
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