Hace una semana apenas, Dominique Arnaud, ya muy enfermo, recibió un homenaje en Les Mees, junto a Dax, su pueblo de las Landas, donde le dedicaron una plaza. Allí estaban viejas glorias del ciclismo de su región, como André Darrigade o Gilbert Duclos-Lasalle. También estaba Miguel Indurain y, si no hubiera sido porque el Tour los tenía ocupados, también habrían estado Bernard Hinault y Perico Delgado, con los que también ganó el Tour. Habría sido la última vez que saludaran y charlaran un rato con un corredor ejemplar, un ciclista peleón, un équipier para todo que, como dijo su viejo amigo Tasio Greciano, era el único francés majo que había conocido en su vida. Después, empezó a llamarle Búfalo, un apodo cariñoso que le caló más hondo que el que le dieron sus aficionados franceses, La Ardilla de Las Landas. Pocas horas después de cumplir su último deseo, el Búfalo entró en coma. El miércoles de madrugada, después de que los médicos volvieran a asombrarse de la fortaleza de su corazón que se resistía a dejar de latir, murió. Tenía 60 años.
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