Un guiño del azar propició la elegante y muy atrevida conquista del Gasherbrum II (8.035 m), en 1956, a cargo de un equipo austriaco. Enfrentadas a moles de nieve, roca y hielo desconocidas, las expediciones de la época jugaban la baza del asedio: ganar metros a la montaña a base de acarrear ladera arriba tiendas, víveres, oxígeno artificial, y una ingente cantidad de material fijando kilómetros de cuerda para poder huir en caso de necesidad. Cuando una avalancha monstruosa se tragó la práctica totalidad de sus enseres, la expedición austriaca se jugó sus escasas bazas a la desesperada. Lograron montar un campo de altura a 7.150 metros y desde ahí, salieron hacia la cumbre Fritz Moravec, Sepp Larch y Hans Willenpart dispuestos a vivaquear donde pudiesen. Lo nunca visto. Su atrevimiento tuvo el premio de la cima: habían escrito las bases del estilo alpino en el Himalaya, pero la cordillera aún tardaría casi tres décadas en ganar adeptos.
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