Confraternizadas con el Sena, muy revuelto durante estos días, en las entrañas de la pista central de Roland Garros se formaron ayer grandes remolinos. Tras la liturgia sobre la arena, riadas de allegados, jugadores, técnicos y periodistas confluían por los pasillos interiores del templo parisino, donde ayer dejó una huella eterna Garbiñe Muguruza. Todo eran carreras y tropezones, una escena de descontrol. Todo menos ella, la campeona, que cuando se calmaron las aguas irrumpió en la sala de prensa con el trofeo entre los brazos, bien amarrado, como si existiera la amenaza de que alguien se lo birlase.
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