Cuando le alcanzaban, el pelotón lanzado llegaba a toda velocidad como una exhalación, Nairo Quintana se bajó de la bicicleta y orinó tranquilo al sol caluroso del sur de Francia en la cuneta. A Gorka Izagirre le cogieron a cámara lenta, durante la penosa ascensión a un puerto suizo con lluvia gélida, y el grupito que le alcanzó, en el que iba su hermano Ion, le pasó despacito cerca ya de la cima, y él, casi exangüe, siguió pedaleando sin fuerzas, solo pensando en llegar a la meta. La conducta ilógica de dos corredores, la locura podría llamarse jocosa del escalador colombiano, el ataque de heroísmo del todoterreno vasco, transformaron dos etapas cualesquiera de dos carreras de un día de junio olvidable sin lamento el día siguiente en dos momentos de ciclismo que se recordarán las noches de invierno.
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