Obsérvese con atención la fotografía que ilustra estas líneas, en la que cuatro individuos luchan por llevarse la pelota. Cuatro son, sí, aunque uno de ellos, el que está fuera de la línea de banda, vista traje, chaqueta y corbata, y no traspase la raya de cal porque se lo prohíbe el maldito reglamento. Este señor de negro juega en el Atlético. Juega, digo bien. Porque lo que hace este individuo allá en el banquillo, de donde desaparece algunos días por su afición a la pendencia, es jugar. Él corre, grita, forcejea, empuja, gesticula, bracea, maldice, arenga al pueblo, patea balones imaginarios, se estira la chaqueta, se suelta la corbata. Él, Diego Pablo Simeone, simboliza de tal modo lo que es el equipo al que dirige que, de haber justicia, su imagen debería sustituir a la del oso que cuida del madroño en el escudo del Club Atlético de Madrid.
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