A Pedro Delgado nunca le gustaron demasiado los tramos adoquinados cuando era ciclista profesional. Los consideraba un freno en su carrera. En ellos solo veía dolor y peligro. Él era escalador, dice, y no veía por qué tenía que enfrentarse a la violencia de las piedras si lo que buscaba era la euforia de las cimas por ser un peso pluma. De hecho, nunca en sus doce años de trayectoria profesional, entre 1982 y 1994, el segoviano disputó la París-Roubaix, la gran clásica del pavés.
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