Hay una constante en las clásicas o en las vueltas de pequeño formato: la inseguridad del pronóstico. Los nombres propios lo invaden todo de antemano, pero todo el mundo sabe que cualquier cosa puede pasar porque nunca habrá grandes diferencias, porque la forma está todavía entallándose en la cintura, porque una escapada inesperada puede truncarlo todo o porque, generalmente, en la contrarreloj final se dilucidan los asuntos prioritarios. La Vuelta al País Vasco (4-9 de abril) no es una excepción. Tiene los nombres requeridos para que el cartel resulte de lo más alentador: Contador, Quintana, Purito Rodríguez (último vencedor), Fabio Aru, Mikel Landa, Daniel Martin, Rui Costa... Tiene 32 puertos de montaña en cinco días (incuso la última contrarreloj tiene una subida interesante), pero todos cortos y con porcentajes que no exceden el 15%, un recorrido truculento más que exigente donde policías (el pelotón) y ladrones (los escapados) casi nunca se pierden de vista. Y además amenaza lluvia, algo que tranquiliza las alergias de Nairo Quintana y que Contador cree que puede endurecer la prueba por encima del trazado.
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