samedi 2 avril 2016

La muerte puede esperar

En el primer momento en que el Madrid perdió el respeto al Barça marcó un gol. Fue el irreverente Marcelo. Que subió con el balón y cuando llegó al área se puso a hacer un paseíto en horizontal; si no se llevó las manos a la espalda mirando el tendido fue porque el árbitro cuando ve ese gesto suele sacar tarjeta. Y entonces, mientras esperaba que apareciese alguien por la derecha, hizo la pisadita. Una pisadita al balón, acariciándole el lomo, y la defensa del Barcelona pasmada mirando al brasileño con peinado de clown; hay una imagen de Piqué que parece el emoticono de la folclórica. Son esos gestos exóticos los que desconciertan a la fábrica de moda del fútbol mundial. Que le pisen el balón en las narices, y que en consecuencia se desequilibre el azar y el rechace le caiga a un jugador del Madrid. Hubo gol de Benzema y la primera reacción fue de incredulidad. El Barcelona había echado la leña y jugaba con el mechero para poner a arder la pira blanca. Sacar los demonios del Madrid a paseo, meterle tres o cuatro goles y empezar la semana como Dios manda y el Wolfsburgo acariciando un gato.

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