Este 2016, definitivamente, está muy lejos de ser un año plácido para el tenis. A la convulsión inicial que se produjo al comienzo de curso, cuando a las puertas del Abierto de Australia trascendió una supuesta trama mundial de apuestas ilegales que de momento no se ha llegado a demostrar, le siguió el positivo de Maria Sharapova por Meldonium y la acusación de dopaje de una exministra francesa a Rafael Nadal; después, más madera al fuego con unas declaraciones sexistas de Raymond More, director del torneo de Indian Wells, acompañadas de la difusa corroboración de Novak Djokovic (que luego rectificó); y ahora, a menos de un mes para Roland Garros, otro incendio.
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