El trinomio ya es una constante: Novak Djokovic, el metal y un beso. Desde hace un año y medio, el desenlace de los torneos es prácticamente calcado, salvo algún matiz esporádico que pueda adornar más o menos el fotograma final, en el que el serbio recibe el trofeo, lo brinda a la grada y después desprende su afecto. En Miami, territorio conquistado en seis ocasiones ya por el serbio, un poco más de lo mismo. Nole sonriente y el acompañante de turno, esta vez el bueno de Kei Nishikori, sin mayor alternativa que la resignación de quien poco más puede hacer ante semejante fenómeno.
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