Hace años que el All-Star Game se ha convertido en el pretexto perfecto para meter en casa a toda la tropa de borrachos y desahuciados habituales sin que mi sufrida pareja ponga el grito en el cielo o me señale la puerta de salida con aviesas intenciones, eso en el mejor de los casos. Al fin y al cabo, el horario tardío del evento no interfiere en sus intereses habituales de ocio para la tarde-noche del domingo. Además, comprende que son gente humilde, en su mayoría marineros y mariscadores que no pueden permitirse el lujo de contratar televisión de pago; alguno ni siquiera tiene televisor, de hecho. También ayuda que esa noche suelen traer cerveza en abundancia, por una vez y sin que sirva de precedente, claro, con lo que nos ahorramos la segunda parte de la habitual discusión: “¿Por qué tengo yo que pagar vuestras fiestas?”. Tiene toda la razón, por cierto, bendita criatura.
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