Ya advirtió Luis Enrique que tenía que encontrar estímulos nuevos para una eliminatoria que estaba resuelta desde el duelo de la ida, con el expresivo y rotundo 7-0 que firmaron ante un Valencia desvencijado. Quizá por ello probó el 3-5-2, un sistema novedoso durante esta temporada que potenciaba el control del juego, la salida por los costados [como indicó con un enfado morrocotudo sobre Bartra cuando le gritó: “¡Marc, por fuera coñ…!”] y la facilidad de toque en la zona de seguridad. Así, Vermaelen daba un paso hacia delante y el central, por ejemplo, tenía cinco líneas de pase entre el otro central, el mediocentro defensivo, los dos medios y el jugador de banda; toda una dormidina que a los 20 minutos se cuantificó: 71% de posesión azulgrana y el 54% en el campo de Ter Stegen. El estímulo, entonces, bien pudo ser la improvisación del sistema porque exigía que todos los jugadores prestaran atención a las nuevas funciones, a jugar en tensión para funcionar ante lo desconocido.
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