A las 22.20 del sábado, Bilbao sentía el dolor del vinagre en las heridas. Un 6-0 en el Camp Nou duele por más que la heroica esperase el milagro de una victoria que no llega desde hace muchos años. A las 22.25, el espíritu de agosto había puesto tiritas en la herida. En esos cinco minutos, Bilbao había pasado de la Liga a la Copa con una velocidad de vértigo. La Copa tiene siempre en San Mamés un perfume embriagador, enardecido por el hecho de haber disputado tres finales en los últimos seis años, todas perdidas y todas contra el Barcelona. El hecho de perder sucumbía al poderío de haber atravesado un desierto de 24 años desde la anterior final (contra el Atlético) y la primera perdida contra los azulgrana en 2009. Superada la historia, Bilbao se agarró, a las 22.20 del pasado domingo, al poder de la Supercopa, cuando sorprendentemente goleó (4-0) al Barcelona y luego empató (1-1) en el Camp Nou, derrumbando el sueño del Barça de ganarlo todo y lograr lo que se llamó el “sextete”, por la facilidad del fútbol para alterar la lógica del diccionario.
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