A los 18 minutos, San Mamés fue como un escenario shakesperiano: todo lleno de dudas. Duda sobre por qué San José empujo a un rival en una jugada intrascendente; duda sobre por qué el cuarto árbitro, Román Román, una figura tan intrascendente acostumbrada a levantar cartelones de cambios y tiempos añadidos, avisó al árbitro de un empujón manifiesto sin balón. Dudas sobre qué dijeron Raúl García y Williams para ser amonestados; dudas sobre por qué el árbitro Álvarez Izquierdo se tapó los ojos en cada jugada posterior como si hubiera perdido las tarjetas en la trifulca; dudas sobre cómo reaccionaría el Athletic con uno menos casi todo el partido y sobre qué haría el Málaga, tan hambriento de puntos, con tanto a su favor.
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