El sol radiante que luce en Zúrich abrillanta las siglas de la FIFA en su sede, un símbolo de opulencia situado en lo alto de una de las colinas boscosas que cercan la ciudad. Algunos empleados corretean por el perímetro del campo de fútbol colindante con el vanguardista y funcional edificio principal bautizado como la Casa de la FIFA. Otros, sudorosos y sonrientes, entran y salen del gimnasio. Todos parecen ajenos a la trascendencia del proceso reformador que debe aceptar entre hoy y mañana el comité ejecutivo y posteriormente aprobar el Congreso Extraordinario el próximo 26 de febrero, que también elegirá al nuevo presidente.
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