Tres horas antes de celebrarse la semifinal del Mundial de Clubes entre el Barcelona y el Guangzhou chino, los aledaños del Nissan Stadium de Yokohama ya eran un hervidero de personas y gritos desde las improvisadas tiendas que vendían camisetas del Barça, además de todo tipo de artilugios azulgrana —gorros, zamarras de Messi y su historia en el club, bufandas, llaveros, calcetines, figuritas de los futbolistas…—. Como en la propia estación de tren de Kozukue, donde al ascender las escaleras para salir a la calle se arremolinaban cientos de aficionados —los mismos que se empujaban para hacerse un huevo en el vagón sin ningún tipo de rubor— que pedían precio y gastaban de lo lindo en las equipaciones del Barça. Era el mercado de las camisetas.
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