Lo de Novak Djokovic es, sencillamente, insultante. El serbio, número uno, prospera a todo trapo hacia objetivo suyo que es el de acceder al panteón histórico del tenis e instalarse junto a los más grandes. Lo hace triunfo a triunfo, exhibición a exhibición, a cada cual más categórica y autoritaria. La última, en la final de París-Bercy, contra Andy Murray: 6-2 y 6-4, después de una hora y 32 minutos. Qué remedio, debió de pensar el escocés, porque hoy día hay pocas cosas más frustrantes en esto del deporte que ponerse enfrente del serbio e intercambiar unas bolas con él. Un suplicio, vaya.
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