Rafael Nadal contradice la norma. Arquitectónicamente, su reconstrucción ha ido de arriba abajo, de la cabeza a los pies, primero el techo y luego la peana, porque sus verdaderos cimientos nacen entre sus sienes y no desde el soporte de sus piernas. Desde hace dos meses, el de Manacor no solo no sufre sino que disfruta. “Para poder jugar bien tiene que tener tranquilidad. Antes, estábamos en el vestuario, hablábamos de intentar hacer algo en la pista y cuando saltaba a jugar hacía todo lo contrario. ¿Por qué? Porque no tenía la tranquilidad para lograrlo. Ahora tiene esos automatismos para poder hacer lo que cree”, explicaba ayer su técnico, Toni, nada más concluir el entrenamiento previo al triunfo de su sobrino contra David Ferrer, durísimo: 6-7 y 6-3 y 6-4, tras dos horas y 37 minutos).
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