Cuando Miguel Lozano se sumergió entre las ballenas piloto en las cálidas aguas canarias de La Gomera se sintió analizado permanentemente por un ojo que seguía todos sus movimientos, su silencioso buceo en apnea, sin botella de oxígeno. “Era una sensación extraña y agradable”, dice el subcampeón del mundo de apnea profunda. “Cada vez que buceaba, en periodos no más largos de dos minutos y a muy poco profundidad, me sentía parte de la familia, aceptado por los cetáceos. Pero si una cría se movía, se acercaba enseguida el macho para fijarte sus límites. Te dejan estar entre ellos pero te recuerdan que es su territorio”.
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