Fue un rondo triste, de sólo tres jugadores pasándose la pelota en un triángulo esquelético. No había nadie más. Daba cierta cosa contemplarlo desde la grada. Un equipo modesto, el Astana, para quien el partido del próximo fin de semana era más importante que el que tenía por delante. Enfrente un Atlético para quien la ocasión valía la pena. Había alguno que necesitaba el partido más que nadie. Ese era Jackson. Un jugador atado a la peor maldición del delantero: sentir que el gol te huye. Y acabó sonriendo, rodeado de compañeros. Hubo quien celebró su gol como propio. Tiago levantó los brazos y golpeó el cielo con rabia. Una rabia de la que se deshizo Jackson en el centro de una piña enorme. Había marcado el segundo gol del partido, su segunda diana como rojiblanco.
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