La diplomacia blanda de Vicente del Bosque no ha podido impedir el cortocircuito de su pareja de centrales. La muñequera rojigualda de Ramos y la posición soberanista de Piqué escenifican una discrepancia en la zona más sensible y vulnerable de la selección. No es un problema político. Es un problema deportivo que redunda en la psicosis de un debate descontrolado, demagógicamente identitario.
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