dimanche 20 septembre 2015

Gasol y el respeto

Nos habíamos acostumbrado a que en el mundo del deporte la estupidez campara a sus anchas. Cualquier nimiedad adquiría categoría de cuestión de Estado. El futbolista que en las celebraciones de sus muchos títulos insultaba al rival, y luego, ante la prensa, se jactaba de ello, obtenía el aplauso y el reconocimiento de muchos que valoraban su simpatía y su sinceridad, ocultando lo miserable que resulta intentar hacer del odio una virtud, por muy catalán que se sea. O aquel otro a quien no le basta con que se le caiga un gol del pijama cada mañana y que, en perpetuo estado de cólera, niega su voz a los medios de comunicación, y por ende a los aficionados, en venganza no se sabe bien de qué, quizá porque un lunes su nuevo peinado no fue portada y eso no hay cristiano que lo soporte. Y cómo olvidar a su eterno rival en cualquier elección a mejor futbolista del planeta, del firmamento, de la galaxia y de la historia (¿Di Stéfano, Pelé, Maradona... quién dice usted que son?), ese chico aclamado cual mesías en lo bueno y en lo malo, en los estadios y en las cercanías del juzgado donde tuvo (y tendrá) que acudir por no pagar impuestos, tantas como eran las palabras que había en aquel contrato, y para leer ya está papá.

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