La Selección de baloncesto alcanzó ya una final europea en Francia, en 1983. No la ganó, pero ese día consiguió algo más difícil: desplazar de hora la final de Copa, Madrid-Barça. Un éxito sin precedentes sobre el fútbol. Aquello despertó no poca polémica y supuso la confirmación definitiva de que el baloncesto había arraigado.
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