España se ha puesto a llorar. A mirar la escalofriante aparatosidad de las imágenes del rally de A Coruña (el morbo cercano de unos vídeos que siempre funcionan entre la audiencia) y luego, ante el fatal desenlace, a lamentarse sobrecogida. Ocurre cada cierto tiempo, es la monotonía aceptada y desatendida, casi fomentada, de un deporte periódicamente mortal.
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