En Mareo, la escuela de fútbol del Sporting de Gijón, hay una atmosfera especial. No hay lujos, sino un ambiente casero. Son los últimos días de julio, en pocas semanas empieza la Liga y todavía se respira ilusión. La que generó el ascenso a Primera con un equipo repleto de guajes –niños, en asturiano- por la imposibilidad de fichar y con una delicada situación económica. No hay empleado al que no se le vea la emoción pintada en la cara cuando habla de lo que ha logrado el grupo de Abelardo. “¡Es un milagro lo que hemos hecho! No llegamos a subir y esto igual cierra”, dice Quini (símbolo de este club) en un bar del centro durante la inauguración de una peña. Sabe que los ingresos de los derechos de televisión darán un respiro al club.
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