Aunque a Messi le han aplaudido aficionados de distintos países en muchos campos, seguramente nunca había vivido un partido de forma tan personalizada como el del martes en el estadio Boris Paichadze de Tbilisi. A falta de aficionados del Barcelona y del Sevilla, reducidos a poco más de un millar por la logística de un viaje costoso, el encuentro se convirtió en una cita de admiradores del 10. La gente no fue a disfrutar de la final de la Supercopa de Europa sino que quería conocer a Messi.
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