En aquella Vuelta a Colombia de 1973, la etapa entre Popayán y Cali, de 133 km, terminó un poco antes, en Puerto Tejada. Los lugareños pararon al pelotón y obligaron a los ciclistas a entrar en las calles de la localidad mientras les gritaban: “¡Vengan para que conozcan nuestras realidades!”. La anécdota en sí puede resultar intrascendente. Sin embargo, para entender la Colombia que ahora se apasiona por cada pedalada de Nairo Quintana, la que aunque con menos entusiasmo sigue con interés desde el domingo su Vuelta, hay que comprender que hubo un tiempo en que Colombia se conoció a sí misma a través del ciclismo.
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