Este es un reto para cualquier persona que ocasionalmente pase por Spielberg: que entre en un bar y pida una Coca-Cola. Si consigue que se la sirvan habrá dado con uno de los pocos establecimientos que todavía se atreven a plantarle cara a Dietrich Mateschitz (Sankt Marein, Austria, 71 años), el propietario de Red Bull. En poco más de dos años, el magnate ha reimpulsado la zona en la que se crió de pequeño gracias a una inversión de 240 millones de euros procedente de su chequera personal. Con esta inyección de capital, Mateschitz renovó el antiguo circuito de Österreichring y sus alrededores y así nació el Red Bull Ring, una especie de mausoleo en homenaje a la marca de bebidas energéticas y especialmente a su división de Fórmula 1, el mejor escaparate de la compañía durante la última década. Los cuatro dobletes conseguidos entre 2010 y 2013 dispararon el valor del equipo, y lo dejaron a sólo uno de igualar la mejor racha de siempre (Ferrari, entre 2000 y 2004). Sin embargo, la supersónica velocidad con la que Red Bull llegó a la cima –sólo pasaron cinco años entre la adquisición de Jaguar e 2005 y el primer título– es tan llamativa como la caída libre en la que se precipita actualmente.
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