Unas horas antes de la final de los Juegos de Roma 60, los comerciales de Adidas regalaron unas zapatillas a cinco de los seis finalistas de 800m, a los que consideraban capaces de ganar. Todos estrenaron clavos menos Peter Snell, que corrió, y ganó, con unas zapatillas blancas que le había hecho su entrenador, Arthur Lydiard, quien había añadido un taconcito de goma al modelo con el que corría habitualmente en Nueva Zelanda. “Allí, en Nueva Zelanda, corremos sobre hierba”, le explicó luego Lydiard a los especialistas de Adidas, intrigados por su calzado. “En Roma, la pista era dura, de ceniza, y el talón sin protección sufría muchas microrroturas de vasos sanguíneos que calentaban el músculo”. Más extrañado que los ejecutivos de la marca de las tres rayas, quien rápidamente añadieron un taconcito de goma a sus modelos, quedó aún el belga Roger Moens, plusmarquista mundial y gran favorito, que se vio superado como un rayo por un entonces desconocido All Black, un chaval de 21 años llegado de Nueva Zelanda. Cuatro años más tarde, en Tokio 64, Snell ganaría los 800m, de nuevo, y los 1.500m, un doblete olímpico que nadie había conseguido desde 1920 y nadie ha logrado después.
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