A Marcela Villegas le han dicho que como futbolista no llegará lejos. Se lo han mencionado varias personas, pero no lo esperaba de su padre. “La desigualdad está muy cabrona, que me dejen vivir: si yo me la creo, yo puedo”, dice mientras se quita los botines. Ha ido a ver la final de la Liga femenina de México entre Rayadas y Tigres, los dos clubes de Monterrey. La ciudad, al norte de este país, está marcada por la violencia machista. La misma urbe que, paradójicamente, ha cobijado el fútbol profesional de las mujeres como ninguna otra.
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