El vuelo de Messi ha levantado al Barça. El 10 no se merece ni quiere jugar en un equipo azulgrana cualquiera ni es un delantero dispuesto a envejecer en un sillón del Camp Nou. Ocurre que la hinchada necesita siempre un acto de fe del rosarino —no que saque la palabra retirada— y la crítica sospecha que llegará un día en que no será Messi. No es desconfianza sino un temor reverencial que se desvanece cuando el capitán se pone en forma, recupera la puntería y reina en Europa. El equipo recobra entonces la confianza, se siente poderoso y se pone generoso porque nadie quiere desmerecer al 10. A rebufo de Leo, el Barça completó una gran actuación coral ante el Mallorca.
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