Una obra de arte. Nunca vi un gol como el que marcó Luis Suárez frente al Mallorca. Paren la imagen un segundo antes de la ocurrencia y verán que no hay manera de imaginar un gol en el siguiente movimiento. Porque era un ángulo cerrado, por la posición del cuerpo y porque era Luis Suárez, optimista del gol, pero jugador del que no sospechamos soluciones artísticas. Elevó la pierna hasta un extremo antinatural y la bajó con violencia para pegarle al balón hacia abajo y con el tacón. Sabía lo que buscaba. El extravagante golpeo provocó un bote imposible de prever y se elevó buscando el palo más alejado. Desde aquel tacón de Guti frente al Depor, no había vivido un sobresalto igual en un partido. Pero hay una diferencia que agranda el tamaño de la sorpresa: Guti era un poeta; Suárez, un fontanero que, de pronto, pintó la Gioconda.
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