Llovía tanto a la hora señalada que un señor confundió la sucursal de Abanca con el bar y llamó a su hermano por el móvil: “Antonio, aquí no hay nadie”, le dijo. Por suerte, el tal Antonio todavía cultiva el viejo oficio de fumar, así que pudo sacarlo de su error gritándole a través del teléfono, que es como se comunican los hermanos cuando sus diferencias futbolísticas parecen insalvables y apenas los separan tres metros de distancia. “¿Estás parvo o qué?”, le espetó en cuanto pudieron saludarse cara a cara: primera señal de que el Madrid había entrado más enchufado al partido.
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