El curso se ha torcido como nunca en el Ramiro de Maeztu. Los aprobados ramplones de la última década, con suspensos recuperados sobre la bocina, en filosofía, historia y economía han desembocado en una situación límite en las arcas y compleja sobre el parqué. El Movistar Estudiantes arrastra una deuda de siete millones de euros —con un compromiso de pago de 1,4 millones anuales a Hacienda, resultado del concurso de acreedores al que se acogió en marzo de 2010—, busca inversores y mecenas que cubran el déficit en una ampliación en la que se juega la supervivencia. Es colista de la Liga ACB con tres victorias en 11 jornadas, y acaba de perder al último emblema de su cantera, Darío Brizuela, presentado ayer como nuevo jugador del Unicaja. “Desde fuera puede parecer el acabose pero, más allá del ruido y la convulsión, hay un club trabajando a tope. En lo deportivo, quedan 23 jornadas y confiamos plenamente en la plantilla y el técnico; y, en lo económico, tenemos una marca muy potente que nos tiene que llevar a salir adelante”, explica Willy Villar, director deportivo de Estudiantes, ejerciendo de portavoz y desmintiendo una hecatombe que, cuando menos, parece un vía crucis.
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