Zinedine Zidane no cambia el semblante gane o pierda su equipo. Juegue con solvencia o caiga con estrépito. Atiende a la prensa como una obligación más de su cargo, con la media sonrisa y ese desapego elegante con el que se zafaba de un rival, con pelo todavía en el Girondins, con la tonsura con la que actuaba en la Juventus o la cabeza rapada del Real Madrid, bien de jugador o bien de entrenador. Escucha las preguntas, siempre incisivas, responde sin estridencias. Está contento, aunque no cree que las cosas han cambiado demasiado desde la derrota en Son Moix hace tres semanas, que fue un punto de inflexión: “No ha cambiado mucho. Lo que hicimos después de la derrota en Mallorca fue decir que había que trabajar más y lo hicimos, y confiar en nuestra calidad. En Eibar, la primera parte fue muy buena y tenemos que estar satisfechos”, sentenció el técnico madridista.
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