Llovió sobre Balaídos de manera incesante y bella, y el agua caló sin consuelo al Celta y a su entrenador, Fran Escribá, a quien el trabajo se le marcha río abajo después de que su equipo cayera ante un Getafe que dominó el grifo de un duelo determinante para el futuro del técnico valenciano. Un solitario gol de Kenedy, logrado en la única acción individual de mérito en la hora y media de juego, decidió el duelo a favor del equipo azulón, que con una hoja de servicios mucho más pragmática le bastó para contener el poco fuego que produce hoy un Celta sin aliento. Carente del espíritu motivador de Aspas, y con los silencios ya habituales de Brais Méndez y Denis Suárez, el Celta demostró que no es dueño de su destino y que no solo le llueve desde el cielo.
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