El fútbol se ha convertido en un espectáculo tan despiadado que a sus protagonistas ya no se les consiente ningún atisbo de humanidad, ni un solo rasgo que los emparente con el común de los mortales. Este escrutinio constante del personaje, que no de la persona, lo conoce muy bien Gareth Bale: un futbolista que ha levantado cuatro trofeos de la Liga de Campeones con el Real Madrid y al que, parece ser, le gusta jugar al golf en su tiempo libre. ¿Adivinan cuál de estas dos premisas se ha convertido en capital -y cuál en anecdótica- a la hora de juzgar su trayectoria profesional en España? Parece que ya hemos alcanzado ese punto en nuestra evolución como aficionados donde nos importa más la mujer del César que el César mismo, una pésima noticia para todos aquellos futbolistas que se resisten a ser tratados como simples correas de transmisión entre el hincha y la eternidad.
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