La letra del poema en la que está basado el himno nacional japonés, Kimigayo, tiene su traducción rugbística. Desea un largo imperio “hasta que los pequeños guijarros se conviertan en rocas”. No existía el rugby en la era Meiji, pero ilustra el encuentro natural entre la identidad nipona y el oval. Japón se ha metido en cuartos de un Mundial por primera vez en su historia. Y sus pequeños guijarros han convertido una teórica desventaja —su menor envergadura— en fortaleza con un estilo dinámico y combativo. Esa identidad une a un grupo heterodoxo —hasta la mitad de la plantilla tiene orígenes foráneos— y su exitoso mestizaje ha roto estereotipos.
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