De niño, los cromos hacían soñar a Carlos Castro. Se acuerda de tenerlos inmaculados en álbumes e intercambiarlos en el patio del colegio o en el vecindario; hubo una época en que coleccionarlos era una forma de reunir esperanzas para un día llegar a vestir la camiseta del Atlético de Madrid. Por eso, cuando el pasado viernes vio su cara en una pequeña tarjeta con el escudo rojiblanco pensó que tenía una reliquia entre sus manos: “Esto es lo más cerca que he estado de ser futbolista”.
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