Mirko Barišic, presidente del Dinamo de Zagreb, es un hombre de ideas desaforadas. En 2014 alumbró un plan inaudito. Contratar a un extremo driblador curtido en el cadete del Barcelona —un perfil de jugador que La Masia produce de forma sistemática—, moldearlo en la Liga de Croacia y convertirlo en un futbolista total. Una revelación capaz de llamar la atención de los grandes clubes europeos que, al cabo de la elipsis, pagarían una fortuna. Dani Olmo, que entonces tenía 16 años, fue el elegido para emprender la inversión ideal.
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